Lo dijo Donna Haraway. Sobre el cyborg como cristalización del sujeto contemporáneo

A días de comenzar 2010, hay que releer a Donna Haraway. Redescubrirla, en este momento, puede ser una epifanía.

Un cyborg es un organismo cibernético, un híbrido de máquina y organismo, una criatura de realidad social y también de ficción.
A finales del siglo XX -nuestra era, un tiempo mítico-, todos somos quimeras, híbridos teorizados y fabricados de máquina y organismo; en unas palabras, somos cyborgs.

No ya como telos sino como cristalización del sujeto actual. Conceptos como “Realidad aumentada” y “Mente extendida” dejan en claro que la palabra cyborg no puede seguir remitiendo exclusivamente a la ciencia ficción de los individuos “des-humanizados”, del apocalipsis alienante.

Los cyborgs no son irreverentes, no recuerdan el cosmos, desconfían del holismo, pero necesitan conectar: parecen tener un sentido natural de la asociación en frentes para la acción política, aunque sin partidos de vanguardia. Su problema principal, por supuesto, es que son los hijos ilegítimos del militarismo y del capitalismo patriarcal, por no mencionar el socialismo de estado. Pero los bastardos son a menudo infieles a sus orígenes. Sus padres, después de todo, no son esenciales.

Como dijo Andy Clark, somos “natural-born cyborgs”.

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